Saturday, August 16, 2014

Karina Skvirsky Aguilera - The Drones / Galería dpm, Guayaquil








TEXTO DE LA ARTISTA QUE ACOMPAÑÓ LA POSTAL ELECTRÓNICA:

The Drones
 
“Hace unos meses compré un drone por $38. La primera vez que lo volé chocó con un techo en Harlem, NYC en la calle 105. Allí se ha quedado.”
 
Los Drones están en las noticias. Cometen asesinatos; toman fotos de los movimientos del público en la tierra; son pasatiempos para aficionados; corporaciones quieren usarlos para repartir compras.
 
Apropiando el lenguaje visual de los surrealistas y de las películas de la ciencia ficción con temas de extraterrestres e invasión, Los Drones es una serie de foto-montajes que ponen los ovnis en nuestro paisaje aéreo. En la serie se encuentran paisajes en Guayaquil, Nueva York y otros lugares sin identificación.
 
*  *  *
 
I bought a small drone for $38. The first time I flew it landed on the roof of an old apartment building in Harlem, NYC on 105th street. It has been up there ever since.
 
Drones are in the news. They carry out targeted killings; they are manned with cameras to record movements on the ground; hobbyists fly them in public spaces; Amazon wants to use them to deliver their products.
 
Appropriating visual juxtapositions from the surrealists and kitsch sic-fi invasion films,The Drones is a series of photo-collages that put flying objects into our aerial landscapes. 

Karina Aguilera Skvirsky
 























VIDEOS:





RESEÑA DE MARÍA INÉS PLAZA PARA RÍO REVUELTO:

Vista satelital de la ficción: 
muestra de Karina Skvirsky “The drones” en DPM

Por María Inés Plaza

            La muestra de Karina Skvirsky abrió la semana pasada en DPM de la misma manera en que su nombre determina su contenido: Sigilosa cual drone. Esa noche fue tranquila, de una apertura calma, tan calma que armó inexplicablemente cierta tensión. Quizás la tensión radique en ver que la escena es tan pequeña y sin embargo, eventos como estos en meses como agosto, pasan casi desapercibidos, o en que DPM parece abandonada, y que la gente se dé el lujo de no alarmarse ante esto. La galería ha dado un paso atrás – como si prefiriese la confortable invisibilidad - en lo que corresponde a su gestión y como ente cultural crítico, a pesar de su incidencia, habiendo cumplido un rol indispensable en los diez últimos años de su ya cuarto de siglo de existencia. ¿Pero cómo no cansarse en una ciudad ingrata, donde la prensa es inadecuada e impertinente (Diario El Universo publicó una nota minúscula donde intercambiaron el apellido de la artista, mientras que La República fue el único medio que la promovió con propiedad), donde no hay un círculo estable de trabajo, sino más bien de espacios dispersos, “cada uno por su lado”?  

A propósito del vacuum: para Skvirsky parecería ser el adecuado para apuntalar ciertas cosas que se echan de menos en Guayaquil. Me atrevería a decir que la artista se aprovecha intencionalmente de la galería para convertirla en una suerte de estudio abierto. Las piezas están puestas de tal manera que pareciesen esconderse en el color gris de las paredes, color escogido así mismo para su anterior solo-show y que permanece desde entonces de ese tono. Eso debería recalcarse como primer gesto crucial: cada uno de los proyectos de la artista tienen una singular y sencilla performatividad. No se trata de el evento construido, sino más bien de la experiencia de encontrarse en medio de las cosas. Karina alude al potencial de su “experimento“, de la muestra como forma nueva dentro de su trabajo. A pesar de la estable carrera que ha sembrado, ella habla de The Drones como un boceto. Una obra preparatoria. Es un acercamiento procesual a la propia condición de esta serie que presenta como un satélite dentro de las cuestiones que ha abordado hasta ahora.

Pero ¿por qué la llama “The Drones“? Ciertamente el “experimento“ no culmina con esto, pero por ahí empieza. Skvirsky compra uno de estos dispositivos y juega a manejarlo, para terminar estrellándolo contra un edificio. Se trata de un juguete y de una herramienta estratégica, un dispositivo de trabajo y a la vez de entretenimiento. En ese sentido apela concretamente al estado contradictorio de nuestra costumbre y consumo de internet y toda clase de data que por ahí pasa, de su materialización y continúa transformación.  Hubiese sido preferible no darle un nombre a la muestra: El título resulta una reiteración innecesaria, aún cuando la artista ha demostrado querer lograr una autocuraduría sin exageraciones. Sin título aquella tensión escondida hubiese logrado una sorpresa, un ejercicio de deducción para los espectadores. No sucedió, pero bueno. El hecho es que los drones son solo un aspecto del binomio elemental de sus collages: los edificios. Y dígase los edificios y no la arquitectura porque el paralelismo de los elementos son los que habitan la topografía real, que no es la ciudad, sino el cielo que ella dice ya no poder ver por completo por que son los edificios los que se sobreponen.

Para The Drones las obras funcionan como bricolaje fotográfico de edificios que a pesar de que son representantes de sus ciudades – Guayaquil y New York – se convierten en ejemplos de una arquitectura postmoderna que condiciona a las ciudades del mundo.

Que Karina exponga la precariedad del material de sus composiciones –el recorte de tijera y del Photoshop- resulta también un elemento crucial al entendimiento del por qué de The Drones: su inmediata apariencia extraterrestre lo convierte en una elaboración más bien acerca de la línea entre lo real y la ficción, entre el poder y la fragilidad de la condición digital de las sociedades actuales, así como la posible respuesta al hecho de que nuestra existencia está siendo regulada de la manera más abstracta (vía Internet), convirtiéndose casi en inconcebible ficción. La artista hizo un comentario ese día, que me hizo pensar en aquello que menciono: “Los drones son los UFO de nuestro tiempo“.

Vuelo KL1797, Agosto 2014 


PRENSA:

FOTOGRAFÍA: Cortesía de Karina Skvirsky Aguilera

Monday, August 04, 2014

La noche del cazador - Casa Cino Fabiani



TEXTO CURATORIAL DE LA MUESTRA:

La arquetípica figura del investigador se pone de manifiesto en la exposición colectiva: La noche del cazador, donde lo extraviado o buscado define el perfil, ya sea de un detective o un cazador, que busca entre la ciudad y el bosque pistas que revelen los posibles caminos que pudieron haber tomado las obras de Boris, Xavier, Julia, David, Andy, Mónica, Ivana, Leandro, Zoila, Andrés, Gabriela, Juan Carlos y Jorge.

El arte siempre implica una invasión, una toma pacífica o subversiva de un espacio. Dicho ajetreo territorial convierte al artista en un ser movedizo, cambiante y sin hogar, que habita únicamente en sus ideas. Habitar en una idea tiene sus riesgos, pues podemos convertirnos en indigentes capaces de apoderarnos de una universalidad.
Rene Ponce



La manía de comerse a uno mismo 
Andy Fierro
objeto y piel de venado
2014




s/t
David Orbea

acrílico sobre lienzo
2014



Estudio de lo que sobra
David Orbea
intervenciones sobre revista
2014

A Martillazos
Mónica López
escalas monetarias del dólar
2014




La Vida de Jesus
Jorge Morocho
óleo sobre lienzo
2014


Colonche Timelines
Julia Coronado 
fotografía digital manipulada
2014

RUHR
Xavier Coronel
resina, tinta y grafito sobre cartulina
2014

Lagunas Mentales
Zoila Arroyo
sangre de drago, óleo, aceite y vinagre
2014

Paja
Ivanna Coello
agujas y soga
2014


Conspiración III y IV
Andrés Velásquez
incisiones sobre pancacoa
2014


Escenas en el andar de un cuerpo solo
Juanca Vargas
polaroids mecanografiadas
2014

Ritos
Leandro Pesantes
Lana de oveja, ramas, humo
2014

La Bestia y el Soberano (Boceto)
Gabriela Franco (en colaboración con Jorge Aycart)
Video
2014


La Fontaine _el movimiento del Nautilus_
Boris Saltos
video-proyeccion sobre piedra
2014

video

RESEÑA SOBRE LA MUESTRA DEL ITAE EN LA CASA CINO FABIANI / GUAYAQUIL:

La noche del Cazador – Un Simulacro
Por María Inés Plaza


¿O un titubeo?

Llámenlo experimento, resultado académico de un proceso aún no culminado, o como el texto de Rene Ponce -profesor de la clase de proyectos y curador de la muestra- nos señala, una búsqueda. Pero la inocencia que embarga a este recorrido en la antesala de la Casa Cino Fabiani no debería ser una justificación que amortigüe su crítica. ¿Qué tan sincera es esta investigación que han querido exhibir?


La introducción de Ponce regurgita varios clichés desgastados en su resumen (no solamente la figura del investigador). El texto pudiese quitar los artistas mencionados de los involucrados, hacer un rápido copy/paste con otros nombres y funcionaría de la misma manera. El texto no les ha hecho ningún favor, pero parece tampoco importarles a los artistas, ya que la curaduría ha sido hecha separadamente, lo que crea esta incoherencia. El espacio – como dice Ponce - ha sido tomado de manera “pacífica o subversiva”; ¿Tomado? ¿Invadido? las obras están cuidadosamente puestas en un formato doméstico/domesticado como para que el espectador en sintonía de feriado también pueda pasar y comprar alguna de ellas.

“La noche del Cazador” le da nombre a un evento aparentemente infiltrante, que más bien resulta parasitario: Es la noche que la exposición artesanal de pintura en Las Peñas y el Salón de Julio (tan turbio como para que Romina Muñoz, lo haya llamado “25 obras, 16 Espantos“) abren paralelamente.  Aprovechar las fechas es un acto deliberado con los que los estudiantes pretenden posicionarse frente a un público abierto. Ok, perfecto: Los artistas jóvenes van abriendo espacios alternos. Sin embargo sería importante recalcarles que la alteridad no se trata de simular una situación convencional igual a la de una galería o un museo; aquí ellos tienen una responsabilidad de alejar la muestra de las exigencias de un mercado internacional. ¿No? No creo que sea la hora de tomar esta postura. Por que es una postura exagerada que le da un cierto aire de artificialidad a lo que intenta verdaderamente ser visceral.

Por ejemplo la obra de Andy Fierro. Aquel que ve esta pieza y no recuerda a Memorial de Oscar Santillán, entonces no se ha enterado de que han venido produciendo los artistas ecuatorianos de las últimas décadas. Lo mismo la obra de Morocho, a pesar de que su participación en el Salón de Julio es una de las menos tibias. La obra de Julia Coronado, apelando a la visualización de la memoria con una sintaxis de imágenes bastante perezosa. Pero ahí están, las propuestas que emulan lo muy bien aprendido en el ITAE (institución y docentes iniciales que he admirado desde sus comienzos) y que determinan así, lamentablemente, vetas de decadencia en el proceso de formación dentro de la misma: son muy pocas las obras que demuestran coraje. Algunas propuestas se ven sin embargo cargadas de profundidad individual, como son las heterotopías de Zoila Arroyo, o de la genuina ligereza de Juan Vargas y divertida reflexión acerca de la incidencia de la materia como la de Gabriela Franco (junto a Jorge Aycart). Pero cosas como las monedas “a martillazos” de Mónica López dan vergüenza de lo trillada que es. ¿Qué criterios de selección se esconden detrás del textillo del profesor de proyectos René Ponce?¿Por qué la exponen? Es después de verla, y saber que ha ganado el Salón de Julio, cuando me da dolor al estómago que Stefano Rubira no se haya llevado el primer premio este año.


Pero no son nuevas formas de los síntomas de un malestar cultural real (y aquí no estoy exigiendo piezas de que respondan a ideologías contingentes, sino más bien siendo ideológicamente reaccionarias). Su manera de relacionarse está históricamente condicionada, pero pareciera que los que aspiran hoy a ser artistas aún cuelgan de las inquietudes ajenas. (Sigh). Que no resulte flojera decirse artista y esforzarse únicamente por obtener un título. Extrañé un alegato de la muestra, un alegato que la hiciese trascender como evento.
Guayaquil,  julio de 2014


Registro  Fotográfico: Rodolfo Kronfle Chambers