miércoles, abril 13, 2005

Carta al espectador.
Por Rodolfo Kronfle Chambers 13-04-05

La Galería dpm brinda hasta el 29 de abril un espacio a nueve jóvenes artistas.

Sus edades oscilan entre los 20 y 26 años. Algunas de las propuestas –como es natural- todavía evidencian la etapa de formación universitaria que la mayoría de ellos está atravesando, sin embargo las obras ya destilan un nivel de compromiso, reflexión, responsabilidad que con la madurez venidera nos dejan prever un inquietante panorama para todos ellos.

Félix Rodríguez, Dayana Rivera, Daniel Adum, Oscar Santillán, Estéfano Rubira, Pablo Gamboa, Mirtha Zambrano, Ricardo Coello y Fernando Falconí recorren temas tanto del mundo íntimo personal como de la esfera política, social y cultural en la cual se hayan inmersos. El título mismo de la muestra –agitan, duermen, comen, juegan- sugiere ese vínculo cada vez más estrecho entre el arte y la vida que vemos en la prácticas artísticas actuales.

El reto

Pero quizá lo que más me interesa hacer hincapié a propósito de este grupo de obras es la postura que las mismas demandan del público. Se debe recordar que la actitud contemplativa hacia una obra es definitivamente cosa del pasado. A partir de los giros estructurales introducidos de manera importante en el arte a partir de los años sesenta, es aún más crítico recordar que el ciclo de recepción de una obra resulta incompleto si no existe la necesaria interacción del espectador, o más propiamente hablando, del sujeto de experiencia.

Es un error pensar que el arte de hoy debe necesariamente desencadenar, en la pasividad de la mirada, una fruición espiritual; por el contrario, lo que debe primar es el ejercicio de la lectura del hecho artístico, que se dará siempre en función de la capacidad de discernimiento individual; y que no se me mal entienda, aquello no está reñido con el posible placer visual o estético.

El espectador tiene que involucrarse con la propuesta para construir él mismo sus propios sentidos y significaciones. En cierto modo la experiencia estética es un acto de fe, de valor, y en el compromiso se asumen riesgos de los cuales surgirán perspectivas originales, lecturas que se sobrepondrán como capas sucesivas e ilimitadas, siempre y cuando la obra lo amerite. En otras palabras, como tempranamente lo advirtió Marcel Duchamp y luego Umberto Eco: es el público -y no el artista- quien en realidad otorga un cierre contribuyente al acto creativo, y al hacerlo se pone a “jugar” en su misma cancha.

Pare de sufrir

Por más que algunas mentes preservadas en formol se empeñen en conminar a un “retorno al orden” en el arte, con bouquet a naftalina y libro viejo, las transformaciones culturales son de una vía y jamás dan marcha atrás. El sostener que la vuelta a un pasado autocomplaciente es posible surge –según quien lo enuncie- de la más penosa ingenuidad o del más interesado cinismo.

El arte no es una realidad esencial inmune al cambio, como cualquier otro aspecto de la vida moderna su estatus está sujeto a una serie de procesos cuya comprensión y estudio es necesario para entender su situación actual. Pese a esto la institucionalidad cultural local sigue validando como pertinentes en nuestro contexto a manifestaciones artísticas desfasadas con la realidad contemporánea, la cual tampoco es inmutable, y se encuentra –según algunos pensadores- a las puertas de nuevos y más profundos ajustes, que se desplazan por el horizonte del acceso multitudinario a la envolvente técnica y el ensanchamiento y omnipresencia del mundo digital; un nuevo ordenamiento del papel antropológico de la producción artística dentro de la conformación de las nuevas sociedades, que obvie su circulación dentro del mercado de bienes suntuarios y se despoje de su condición de lujo, para reorientarse –como lo elabora J.L.Brea- hacia “la producción intelectual y afectiva, a alimentar nuestras necesidades de sentido y deseo, de significado y placer.”

Este grupo de jóvenes, como muchos otros, aún no han culminado sus tareas, requieren mayor profundidad y sofisticación, pero a su vez no representan el futuro de nuestro arte, sino –desde hace algunos años- su ineludible presente. Ellos no operan con el impulso fetichista de la novedad como móvil, cosa que deben recordar quienes sólo ven en estas prácticas la reedición de viejas “bromas” estetizadas. Al contrario, su materia prima se encuentra en las realidades más patentes que los rodean, y con las cuales buscan producir otros mundos posibles (creando un campo de intensidades, generando contenidos) que, al romper y desestabilizar la monotonía de nuestra experiencia diaria, nos increpen, nos afecten, nos brinden formas simbólicas de saber, etc.



Pie de Foto: Dayana Rivera presenta esta hamaca (sin título, 2003) llena de sutilezas en su laboriosidad. Los círculos que la construyen contienen impresiones en goma de palmas de manos. El rastro de lo humano ausente, la huella, nos lleva también al territorio del cuerpo como campo de expresión.


Pie de Foto: Imagen del video titulado Dieta (versión 2005) de Oscar Santillán. En una actitud irreverente, que problematiza el peso de la tradición artística occidental, una mano maja guineos sobre reproducciones de pinturas icónicas.


Pie de Foto: Una masa informe de sencillas figuritas dibujadas sobre la pared forman parte de la obra de Ricardo Coello. El soldadito de plástico que las confronta conlleva lecturas tanto acerca de la hegemonía imperialista norteamericana como también respecto al aura militar de nuestro régimen de gobierno actual.


Pie de Foto: Esta pintura titulada Dánae (2005) de Fernando Falconí actualiza la función moralizadora de los temas mitológicos en la pintura clásica. El juego semiológico que troca el personaje aludido por el de una figura publicitaria ampliamente reconocible increpa los aspectos negativos de la globalización: la masificación de los hábitos de consumo y su homogenización a través de las fronteras políticas, las cuales son inexistentes para el mundo de la economía, dominado en realidad por las empresas multinacionales. Las verdaderas consecuencias de esto seguramente no las sopesaremos hasta que la cocada del peaje sea marca Nestlé. La leche derramada por la campesina irradia en su sarcasmo amplias posibilidades metafóricas. En nuestro contexto este ejercicio no es comparable con la exaltación de imágenes de la cultura de masas propia del arte pop surgido a mediados del siglo pasado.

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