domingo, agosto 26, 2007

María José Argenzio - Proceso Arte Contemporáneo



HORTUS CONCLUSUS O LA OFRENDA FUGITIVA



Por Cristóbal Zapata



Hortus Conclusus (“Huerto cerrado”) es una instalación concebida para la galería Proceso / Arte Contemporáneo, conformada por árboles de mango entre cuyas ramas la artista inserta toronjas forradas con hilo de yute a fin de acelerar su descomposición. Esta propuesta, como las anteriores de María José Argenzio (Guayaquil, 1977), se inscribe dentro de la poética del Process-art que privilegia la dinámica interna de la obra (sus fases de gestación, gestión y evolución), por encima del producto acabado –que caracteriza la concepción clásica de la obra de arte–, de manera que la pieza escultórica se encuentra sujeta a una continua transformación, pues el realizador no hace otra cosa que desencadenar artificialmente un proceso y esperar sus siempre impredecibles resultados. Al propiciar la disolución de la forma, la obra pierde su estatus de objeto, de mercancía y fetiche decorativo, pues, descontada la experiencia estética del espectador, lo único que quedará de esta muestra es su registro fotográfico, la documentación de su “tránsito”.


Inspirada en las experiencias procesuales de la artista escocesa Anya Gallaccio, e invocando un tópico de la iconografía cristiana y medieval, el “Hortus Conclusus” –donde la virgen María aparece enclaustrada dentro de un jardín rodeado de un muro que protege simbólicamente su castidad–, la instalación de Argenzio realiza, bajo el disfraz de una operación botánica, un múltiple trasplante cultural de profundas resonancias críticas: pues no sólo se trata de trasladar y “aclimatar” especies exógenas en suelo ajeno, sino de traducir los códigos y lenguajes artísticos de la metrópoli al idioma local, encarnándolo en los frutos y árboles de su entorno nativo, tropical. No en vano, según Foucault, “el jardín es desde lo más profundo de la Antigüedad, una especie de heterotopía feliz y universalizante” en tanto “tiene el poder de yuxtaponer en un solo lugar real varios espacios y emplazamientos que son por sí mismo incompatibles”. Así, las importaciones e injertos de Argenzio abren las puertas del mariano y cerrado huerto cuencano a nuevos lenguajes, a otras experiencias intelectivas y sensoriales, a la vivencia de lo extraño, de lo extranjero, socavando sobre la marcha los cercos ideológicos del lugar de adaptación de la obra.


Si por un lado esta instalación invita a contemplar y percibir la revulsiva belleza de lo perecedero y repulsivo, imponiéndose al espectador como una elocuente e inquietante alegoría de la fugacidad, por otro lado cabe advertir el derroche barroco, el secreto gasto que entraña. Pues si consideramos el importante financiamiento económico que demanda su realización, diríamos que a la lógica capitalista y burguesa del ahorro y la mesura, de la transacción o intercambio comercial, de la adquisición de un bien mueble como inversión, Argenzio opone el gasto excesivo y ritualizado del potlatch, que instaura el regalo, el obsequio al huésped hasta los límites de la pobreza. Contraviniendo las regulaciones del auspicio cultural –frecuentemente sustentado en la acumulación de bienes patrimoniales– en su intercambio simbólico, Argenzio se desprende de su obra –como las toronjas de sus ramas prestadas– hasta que de ella no quede otra cosa que su recuerdo, que su espectro (la imagen de lo extinguido); la memoria de una hospitalidad a la sombra de los mangos en flor.


Y esas toronjas regadas en el piso una vez que han madurado su sentido, que han cumplido su ciclo significante, confieren a la instalación una melancólica sensualidad, ese embriagante regusto otoñal que es el aroma natural de toda su obra.



Cuenca, julio 5, 2007

1 comentario:

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