jueves, noviembre 19, 2015

Wilson Paccha - Caprichos Salvajes / dpm, Guayaquil



























































CAPRICHOS SALVAJES DE MARIDO MÍO

18 de Noviembre - 17 Diciembre, 2015
Vuelven los puyazos visuales de Wilson Paccha, nos aturden ahora con una obra dinámica donde varios objetos –palas, parrillas, globos, latas, espejos, licuadoras y demás– adquieren una materialidad violenta inyectada por el espíritu sardónico –no necesariamente venenoso como la Saedonia– y lúdico de Paccha, quien pertenece a la dinastía de los más intensos, superlativos y prolíficos pintores ecuatorianos. En esta ocasión, vuelve a afilar sus aristas en un exuberante dispendio visual del cual saldremos trastocados.

La esencia siempre engaña, apenas podemos ver las sobras de la fugacidad: el ojo realiza un esfuerzo inefable por rozar la cresta del fragmento, el corte, il di taglio, lo fractal; aquello que por estar separado no se puede conectar con su entero, pero hay que buscar en esa unidad perdida el temple que produce lo accidental para llegar al encantamiento pacchesco.

La fascinación funciona para dar lugar al cuadro, al ensamble, pero el yo que percibe siempre es un yo carente: se llega a la fascinación –al cuadro, al poema, a la expresión– por precariedad existencial. Sin embargo, la prerrogativa es que Paccha tiene una visión pesimista y sarcástica del hombre y de la vida: la historia es la historia de la podredumbre, de la histeria que reina la existencia: nacemos, perdemos y caemos de un estado de perfección a otro de sinsentido, todo para terminar en un pesimismo absoluto, sin garantías de nada, todo para venir a parar en esto que somos ahora.

Ese vacío, de pronto, es ocupado por algo. Es tan intensa la absorción, el ensimismamiento en eso que esa es la razón por la que las cosas llegan de forma estridente a la obra de arte. Sabemos que no tenemos acceso al objeto, pero esa forma de la fascinación es eficaz para transmitir de un modo aparentemente directo el mundo, su hermosura, su brutalidad…

Los excesos, el glamour popular, el frenesí, la desazón, el desasosiego, la alcoholemia, la sexualidad radical, la verbena infinita de lo grotesco, la sublimación de lo torcido y la alucinación sexual son un continuum en su obra. Además, se compone de elementos que seducen o impugnan a cualquier espectador, no hay punto medio: son dispendios visuales que arremeten contra el clientelismo reaccionario y atentan a la moral porque hiperbolizan los traumas del prójimo –traumas que al final son un espejo–. Por tanto, sabemos que la obra de Paccha nos arrincona o decanta: nos gusta o no nos gusta, pero jamás nos deja impávidos, al verla es como si nos hubiesen chirleado, ese precisamente es el mérito mayor de un artista. Paccha no dirige las mentes, las turba.

Los recargados disparates de Paccha nos proponen ahora una obra en trance perpetuo –impronta extrema de lo cinéfilo que es–, una colorida, crocante, delirante y desquiciante empresa artística con registros in extremis atrofiados. Una obra atiborrada de humor negro, política, contestataria, enemiga de  la institucionalidad y del establishment: Paccha no cree en falsos senderismos y crossfit's espirituales. Su obra es una mezcla de jiu jitsu, taekwondo, sangre de drago, enjundia de gallina, máchica, guarapo, chilca, amansaguapos, uña de nutria desvirgada, sal en grano, aserrín, complejo B, palo santo, diamante y pólvora.

Dejémonos seducir por estos caprichos irreverentes y salvajes concebidos por Valentino Red, El Chamo aviones, Diamante Rojo, El Chacal Banderillero, Rural Matrix de la Sierra, Súper Wilson, Dragón de Komodo, Saint Rouge patrono de los Batrákulas, Barriobajero VIP, Calígula del Comité del Pueblo, James Dean andino, Chimbilako flow, Vampi del Machángara alias Wilson Richard Paccha Chamba: el último príncipe de la dinastía post incásica lojana.

Caprichos salvajes goza del amplísimo repertorio que caracteriza el arte y las obsesiones de Paccha. Existen palabras, formas, lugares, texturas, materias, conceptos y hasta enfermedades que conforman la trayectoria vital de un autor y se permean soterradamente en su universo creativo, exhiben una huella particular en su obra: eso que hace a todo artista único y verdadero.

Cuando el crítico de arte inglés John Ruskin (1819-1900) comentó el cuadro prerrafaelita de John Everett Millais, Sir Isumbras at the Ford, estableció tres categorías de pintores: un grupo, el más abundante, que trabaja con pincel pretencioso, busca impresionar y acaba apagándose con sus exabruptos y en el fondo, ñoñerías. Un segundo grupo, en verdad auténticos, devotos, pero incapaces de trascender ciertos límites, barreras impuestas por la naturaleza, y que termina por tropezar con una realidad unívoca que encierra y limita: dejan una obra valiosa pero que no se sale del marco insalvable de los propios límites. Por último, una tercera categoría de creadores que Ruskin considera capaces de “inventiva”, y a quienes esa inventiva lleva continuamente a rebasar los propios límites, a romper con los moldes recibidos y adquiridos, ampliando la tradición al crear una nueva y de ruptura: son los fundadores de nuevas corrientes, le devuelven brío y renovación a la acumulada tradición de todas las artes.

Paccha, obviamente, pertenece a esa última categoría: cualquier rayo lo convierte en tijera porque no es ningún arrancadito de la mata.

Andrés Villalba Becdach

1 comentario:

  1. Mas bien yo creo que pertenece a la segunda categoría : La que encierra y limita con poca coherencia cualitativa irreductible al simple proceso del trabajo abstracto ..
    Esta claro que sigue una lógica de la identidad capitalista donde la forma natural de la vida se impone y adopta como propio. Se propone un sistema sin el ejercicio de la función política.
    Se manifiesta esa voluntad o libertad "cosica" como mero objeto que hay que descifrar sin que el resto de la comunidad humana se sienta identificada con este tipo de manifestaciones solipsistas / decorativas con muy baja apertura para el dialogo con la obra. Que solo se reduce al modo de la existencia propia de la mano de obra de un obrero.
    Yo no veo que estas singularidades generen un dialogo amplio, aunque si cumple el simple hecho de expresarse, que es lo valido.
    Las produccciones culturales de Paccha estan dirigidas a satisfacer solo las necesidades como un bien inmediato. Victimizando la exclusión como recurso discursivo para insertarse en la nocion de cultura local o regional.

    Realmente vivimos una crisis de identidad cultural. Propiamente dicho en la pintura y demás manifestaciones culturales post coloniales ( modernas ) Una crisis que se evidencia en torno a un aura del libre espíritu inducido por la metafísica; remontándonos al siglo 19 c
    omo si la calidad de creador solo están al alcance de algunos pocos elegidos gracias a la validación de intelectuales extranjeros que vienen a imponer esa nocion de territorialidad en las manifestaciones pictoricas del paisajismo.. Esa crisis de identidad en el que aun no hemos podido absorber, modificar, transmutar , mezclar , regenerar esas nociones de culturas extranjeras ya que como todo país tercermundista solo nos saltamos pasos y vemos resultados como esto.
    Algo que muy pocos identifican.

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