lunes, agosto 09, 2010

Graciela Guerrero en Proceso /Cuenca

LAS PARÁBOLAS DE GRACIELA GUERRERO
Por Cristóbal Zapata
Concebida originalmente para ser expuesta en el MAAC, el Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo del Centro Cultural Libertador Simón Bolívar, donde como era de esperarse fue cancelada a última hora  –pues darle cabida era como nombrar la soga en casa del ahorcado–, El sueño de Bolívar produce monstruos, de Graciela Guerrero, se presentó en la Galería dpm en Guayaquil y desde 29 de julio se halla en la galería Proceso / Arte Contemporáneo en Cuenca donde permanecerá abierta hasta el 27 de agosto. El autor de estas notas recomienda su visita con la compañía de menores de edad que ya son votantes de derecho, o incluso de niños que miran en los horarios ordinarios los realities autóctonos que la corrección o estulticia política llama “justicia indígena”.
Desde su audaz y oportuno título, El sueño de Bolívar produce monstruos se presenta como un lúcido, irónico y lúdico cuestionamiento del desorden social y político nacional, ese caos histórico e inveterado que la ideología bolivariana ha actualizado y en algunos terrenos ha acentuado dramáticamente con su hipertrofia de un agotado discurso izquierdista y patriótico que tan mal se lleva con la razón práctica que debería guiar la administración del estado. Sobre este trauma o espejismo, Guerrero actúa en clave parabólica, es decir, como en aquellos sencillos relatos figurados –característicos de los evangelios cristianos–, de sus esculturas y registros audiovisuales deriva por analogía o semejanza una enseñanza política y moral: a la luz de ciertos síntomas sociales “el sueño de Bolívar” se ha convertido en una pesadilla para millones de venezolanos, bolivianos y ecuatorianos.
Para ilustrar este esperpéntico paisaje socio-político, Guerrero empieza por ejecutar una eficaz paráfrasis de la locución inscrita por Goya en su célebre grabado “El sueño de la razón produce monstruos”. Leída ahora, dos siglos después, la riqueza de  esta inscripción reposa en su ambivalencia, nos recuerda tanto los peligros de la razón, como los de no escuchar su voz o consejos. Dicho sea entre paréntesis, acaso la gran lección del arte –que la política no termina de aprender– es que su posibilidad de trascendencia y comunicación surge de la sabia alternancia o combinación entre sueño y razón.
Apropiándose de una serie de imágenes e imaginarios de la cultura popular y mediática (la prensa amarilla, el reportaje y la serie televisivas, o el ornamento funerario) Guerrero pone al descubierto las patologías de la realidad bolivariana al revelar o representar algunos indicios de la descomposición social y moral que padecemos: los linchamientos indígenas legitimados como práctica ancestral y como espectáculo de masas; los operativos antidrogas como simulacro de la legalidad, el orden y control de la delincuencia –inexistentes fuera del ámbito del narcotráfico–; la crueldad, la miseria y la abyección expendidas por el periodismo carroñero.  Por lo pronto, este es el tema de los tres videos de la Suite Barry White, donde las canciones de este famoso intérprete del soul (suceso artístico de los 70 y 80) son la banda sonora de los antedichos documentos periodísticos, con lo cual la artista provoca una fricción lingüística verdaderamente inflamable por su elevado octanaje irónico (como lo hizo anteriormente en su estupendo Karaoke, donde se apoderó de un video promocional del municipio guayaquileño en el cual las imágenes de la ciudad cívica y regenerada eran acompañadas por una versión instrumental del popular tema Guayaquil de mis amores, que la artista rotuló en quichua, reproduciendo la disonancia característica de la retórica del karaoke). Así el video Todos caerán,  recuento fotográfico de los operativos antinarcóticos, va acompañado por la canción You're The First, The Last, My Everything cuya primera estrofa reza así:
video
My first, my last, my everything  And the answer to all my dreams.  You're my sun, my moon, my guiding star  My kind of wonderful, that's what you are.
Cuya traducción aproximada podría decir:
Mi principio, mi fin, mi todo
y la respuesta a todos mis sueños.
Tu eres mi sol, mi luna, la estrella que me orienta
mi afable prodigio, esto es lo que tu eres.
El efecto antes que hilarante es perturbador como suele ocurrir con las paradojas. La idealización, acusadamente romántica, en el contexto del video compete por igual al objeto policial (el contrabandista) como al objeto del deseo o del delito (el cargamento de droga que -presentado como prueba de la infracción–, los oficiales de policía se esmeran siempre en arreglar o componer tal una especie de bodegones o vanitas contemporáneas donde los revólveres reemplazan a las calaveras y los paquetes de cocaína a los relojes de arena; de allí que la artista privilegie los primeros planos).
Cierto es que  fuera de las ejecuciones o lapidaciones (que paulatinamente dejan de ser iniciativas indígenas para volverse procedimientos generalizados en las áreas suburbanas o rurales, de modo que nos hemos convertido –con la venia de la Revolución Ciudadana– en un país de cafres) ni el contrabando ni la crónica roja son patrimonios nacionales o bolivarianos, pero su fastidiosa persistencia en las páginas y pantallas de nuestros medios dan cuenta de un ostensible deterioro de las condiciones de vida, de un lamentable estado moral y emocional,  y de las mistificaciones de las políticas de seguridad implementadas por el régimen. Un proyecto político que empezó por falsear su sentido original o su misión histórica (la de una izquierda moderna, versátil y dialogante), ha terminado por falsificarlo casi todo.
Esta es una de las cuatro partes –sutilmente interconectadas– que podemos distinguir en la muestra de Graciela Guerrero. La segunda –acaso la más visible y notable de todas– es el conjunto de esculturas policromas que conforma la serie ¡Extra! ¡Extra!, nombre del tabloide amarillista –que la artista siempre atenta a las voces, a las hablas, escribe reproduciendo el pregón del voceador§–, verdadero dispensario de sordideces cuyas ilustraciones Guerrero traduce a un lenguaje tridimensional, con materiales y técnicas propias de la escultura contemporánea (resina de poliéster y pintura de poliuretano). El resultado es un kitsch a la manera de cierto Jeff Koons, pero nada complaciente ni encofitado. Al amplificar los dibujos del tabloide (sucedáneo del documento fotográfico), al reproducir y remedar la búsqueda del efecto sentimental o emocional que según Umberto Eco caracteriza al kitsch (sobre todo la excitación sexual en el caso del Extra), la artista utiliza el efecto kitsch para poner en evidencia el carácter grotesco y grosero de al menos una arte de nuestra realidad, esa que prefieren y consumen los lectores del diario.
Pero en ningún caso es más clara la apelación a la parábola que en  su videoinstalación Auge y decadencia de América Latina (cuatro videos mono-canal en loop), donde la artista usurpa y ralentiza cuatro secuencias de la conocida serie mexicana El Chavo del Ocho, en cada uno de los cuales los personajes intercambian cachetadas hasta el infinito. En un primer momento parece difícil encajar estas tomas dentro del conjunto, pero el título resulta una buena pista para aventurar una lectura. Es sabido que en El 18 de Brumario de Luis Bonaparte, Marx señaló que todos los grandes acontecimientos de la historia universal ocurren dos veces, la primera como tragedia, la segunda como farsa. En el año del cacareado Bicentenario, cuando gran parte de los países americanos son gobernados por una izquierda folclórica y confusa, cabe asociar esta chabacanada de vecindario como un comentario parabólico o alegórico de la situación política continental. Lo grave o triste es que la farsa repetida hasta la tontería y el cansancio ya no produce risa.
Finalmente, con el retablo Infiernillo, donde Guerrero replica en acero inoxidable algunas figuras del ornamento funerario (ángeles y demonios) la artista nos recuerda que las revoluciones siempre maniqueas        –como toda religión salvadora–, crean sus propias escatologías. Pero las escatologías revolucionarias no son un conjunto de creencias y doctrinas referentes a la vida de ultratumba, sino que se cumplen en la vida terrena donde los pobres son recompensados con bonos de caridad y los ricos (aunque hayan obtenido lícitamente su fortuna) son castigados  con gravámenes y expropiaciones sistemáticos.
Dentro de la poética citacional, entre el kitsch y el pop, El sueño de Bolívar produce monstruos tiene el mérito de sembrar la duda entre tanta conciencia dogmática y adocenada, de avivar el seso –como dicen las eternas coplas de Jorge Manrique– y despertar el alma dormida.
Cuenca, agosto 8, 2010.

§ Entre las argucias verbales y los registros del habla, en la escultura ¡Cayó la corta-pájaros!, la artista juega con el doble sentido ejecutando una ingeniosa operación autográfica al escribir su hipocorístico (“Chela”) en una botella, al tiempo que designa la cerveza usando un vocablo del argot costeño: “chela”.

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